A pesar de que cueste aceptarlo y sea decepcionante debemos admitir que es inevitable la tristeza en la vida del ser humano. Tanto que a veces se ignora o se tapa y simplemente se hacen cosas para sentirse feliz o para no sentirse, sin siquiera detectar la localización del dolor o su causa. Es algo que se ve muy a menudo en todas partes: la gente cubre u olvida y cree estar sanando. Pero la verdad es que estas cosas casi nunca funcionan, incluso pueden tener gravísimas contraindicaciones, que los días de lluvia o los domingos se sienten con mayor intensidad (¡y todos sabemos lo fatal que puede ser un domingo lluvioso!). Yo, al no poder negar mi pertenencia a la especie, probé en vano algunas cosas para sentirme mejor... Pero lo único bueno de todo sin duda era esto.
Había soñado mi empresa perfecta: pintar submarinos de color amarillo. La idea no era muy original, pero tenía excelentes antecedentes. Sería esta mi razón de vivir y haría que todo dolor me sea tranquilamente soportable. Asique había encargado varios litros de pintura y luego me senté a esperar. No llegó ninguno. Es raro, pero nadie quiere pintar su submarino de amarillo. Es más, me parece que la gente ya no tiene submarinos... creo saber la razón. A veces es un problema tener que cuidarlos, ocupan mucho espacio, y aún cuando no se usen mucho bajo el agua hay que pintarlos y tenerlos en cuenta y limpiarlos y todas esas cosas que a muchos les dan tremenda pereza y por eso no hacen entonces ya no tienen submarinos por más que sean lindos, porque cuesta mucho trabajo mantenerlos. Eso es lo que siempre pasa en la vida, como con las plantas. Las plantas son lindas y le alegran a uno la vida bastante y purifican el aire, son realmente amables y las flores llaman mucho la atención y son hermosas y con perfumes deliciosos. Pero no pueden cortarse las flores y ponerse en un florero, porque se marchitan al poco tiempo, y porque las flores son sólo una parte de la planta y deben apreciarse junto con sus hojas, tallos, ramas y raíces si es que no se quiere ser superficial. Y a las plantas hay que regarlas porque sino se secan y se mueren. Sino, pueden comprarse plantas y flores de plástico, pero lo que no creo que sea posible es ser feliz con ese tipo de cosas, salvo que uno se empeñe cada día en autoconvencerse de que son muy lindas y así se engaña a uno mismo y por más que realmente sean muy lindas, hay algo que les falta, porque no son naturales, no son auténticas, entonces no pueden tener ese perfume tan intenso que llena el alma de cualquier persona que tenga un alma que no sea de plástico.
Por todo esto y mucho más es que ahora me resigno un poco (pero sólo un poco) y ya sólo espero pintar cualquier cosa de amarillo: una bicicleta, un triciclo o quizá un monopatín. Pero nadie pasa, la gente debe haberse extinguido por completo. Asique resulta muy feo tener tachos y tachos de pintura amarilla para ofrecer y no saber que hacer con ella; nadie la quiere... De manera que acá, con mi pintura se nos pasan tardes y tardes esperando que alguien requiera de nuestros servicios pero es sorprendente notar como nadie se acerca.
El problema no puede ser la ubicación, la empresa está en la esquina de un centro comercial muy frecuentado, pero nadie mira. La pintura es de la mejor calidad y los precios ni hablar: sólo una sonrisa por cada submarino que pintáramos, incluso los lunes, como se sabe que escasean las sonrisas, hacíamos dos al precio de uno.
Pero como siempre se puede caer un poco más bajo, a la gente que le comento de mi idea de empresa, esta les resulta graciosa, inocente, o estúpida, cómo si la que tuviera el cerebro dado vuelta fuese yo. El colmo de los colmos, pero te hace sentir peor, seguir cayendo, como una piedra pesada, sumergirse más y más en un océano que se va oscureciendo a cada metro. Y a medida que uno baja, la presión aumenta y se siente que las tripas por adentro van a explotar, y quizá no sería tan malo que explotaran, porque si es algo por ahí muy adentro lo que duele tanto y hace sufrir, entonces si explotase quizá cesaría el sufrimiento. Porque al explotar sangraría un poco y de seguro el dolor sería fuerte, pero luego quizá uno se liberaría porque ya no habría nada más que pueda dolerle y se haría más liviano porque se perdería sangre junto con todo eso que perturbaba tanto y se volvería a subir a donde no hay tanta presión, lo que no sería vivir superficialmente porque uno ya habría conocido bastante el fondo y todo eso. Pero valla uno a saber, porque todas estas son suposiciones y es bastante arriesgado tocar fondo, cosa que la gente no hace porque quiere sino porque le sale o porque la obligan. Pero lo cierto es que lo triste siempre es caer o romper, como caen las lágrimas de los ojos y la sangre de las heridas o como rompen los deshielos fríos y rugen furiosos, y les debe doler por eso gritan tan fuerte. ¡Y la lluvia! Pobrecita la lluvia que cae y nadie la agarra, las cabezas la esquivan, los paraguas ariscos hacen reventar a las gotas. Las nubes gordas y grandotas las dejan caer, como si les costara tanto tener y cuidar un poquito a las pobres gotitas frágiles y frescas en sus cuerpos acolchonados; pero no, las abandonan y observan su caída libre y su explosión contra el piso, y se rompen, la caída es fatal, por eso gritan ellas también.
Es una pena realmente... porque yo amaba a mi empresa. Cuesta a uno bastante animarse a hacer una empresa y más cuesta llegar a amarla y ni hablar de admitir que la ama y declararlo así como lo estoy haciendo. Pero se siente, no hay por qué negarlo. No puedo ocultarlo, yo no me engaño. Mi empresa realmente era perfecta, y yo lo sabía, y lo sé, sería perfecta. Pero no tiene un lugar en este mundo, circunstancias... Era mi lucecita en la cima de un largo pozo, y mi vida se la dediqué y se la seguiría dedicando si pudiera y si me dejaran, pero ahora nadie quiere que yo tenga esta empresa sólo porque a la gente se le ocurrió que los submarinos son inútiles y entonces la pintura para submarinos también lo es. Pero el caso es que, aún cuando mi empresa es un fracaso la sigo amando, porque la amo tal como es, y si ahora le toca ser un fracaso no me importa, justamente porque la amo y la necesito para ser feliz, cosas que se sienten... No voy a dejar de lado mi empresa porque ya está adentro mío, y no pienso olvidarme de ella, yo quisiera solamente que tuviera un poquito de éxito, porque es angustiante que tanta pintura amarilla se esté desperdiciando así y nadie la quiera para pintar su submarino. Pintar un auto no sería lo mismo, pero lo peor y más trágico de todo siempre sería no tener nada para pintar. Entonces considero la posibilidad de pintar autos o tanques, pero... no era ese el fin de mi empresa, no puedo conformarme con algo tan tonto como un auto, porque los autos atropellan a la gente y tocan mucho la bocina y los escapes tiran un olor horrible, no es capricho, es que no puedo de ninguna manera desenamorarme del oficio de pintar submarinos porque es lo más placentero y feliz del mundo para mí... para mí sola al parecer...
Entonces por todas estas razones me ahogo en un vaso de agua o en un océano lleno de peces pero me ahogo igual, y bajo el agua busco al único refugio que amo, que es ese submarino. Y no quiero un salvavidas, sé que esas cosas no existen, sólo me ahogo de tristeza porque mi empresa no puede funcionar y eso me tiene realmente mal y me hace sufrir, pero sé que no es culpa mía ni de los submarinos sino de toda la gente que no cree en las Empresas de Pintar Submarinos ni en los submarinos mismos. Y si nadie cree en mi idea, me quedo sola con mi pintura amarilla y me ahogo para no seguir viviendo, porque vivir no es no-morirse y estar triste, porque la angustia y la soledad son la muerte en vida y así ya casi me terminé de ahogar. Grito fuerte y cada vez más pero no se escucha porque estoy bajo el agua y si hubiera alguien bajo el agua tampoco escucharía porque, como ya me estoy cansando de repetir, nadie escucha ideas de submarinos y pintura amarilla y todo eso que vengo tratando de explicar. Por más que canse un poco gritar tanto sigo gritando porque tengo algo por lo que gritar, aunque sea rechazado, y se me venga encima, y me haga hundir más rápido.
Pero sigo escribiendo porque falta un tiempo para que me canse de gritar, porque me niego a olvidar y a ignorar este problema tan terrible, no sólo para mi sino para los que ya se olvidaron de todos los submarinos. Además porque tal vez si sigo escribiendo en un diálogo conmigo misma podemos llegar a alguna solución, ¿no?
- Si, es probable, o al menos nos desahogamos un poco...
- ¡Y dale con lo de ahogar y desahogar! Sigamos con lo de repuntar con la empresa.
- Gracias, ya me siento mejor...
Muchas ideas llegan a mi mente cuando trato de darle un nuevo empujoncito a la empresa, pero la mayoría de las veces me pasa que no puedo dejar de pintar la hoja con rayones, imaginando que es la superficie de algún submarino que se digna a gozar de los servicios de tan linda empresa. Suelo escribir con una birome roja, que no es lo mismo, pero mi imaginación es realmente buena a veces. Y a cada trazo que el rojo cubre un poco de esa aburrida hoja en blanco, el placer de sentir la tinta deslizarse y tapar esa blancura prolija, se vuelve un vicio de mayor atracción que cualquier otra actividad o pensamiento. Los síntomas son siempre los mismos: los rayones comienzan desprolijos e impulsivos y van acelerándose y haciéndose más angostas las distancias entre ellos. De a poco los movimientos empiezan a calcularse y se vuelven muy detallados para lograr un color poderoso y uniforme que tape por completo la inmaculada hoja en blanco. Cuando el rojo ya cubre más de la mitad de la hoja el placer de a poco entra en un proceso de decerción. Superado ese momento de insatisfacción pasajera, en la que me dejo empalagar por tanto rojo por todos lados, tengo que arrancar la hoja y comenzar una nueva. Luego intento innovar: sólo rayas diagonales, o espirales relajados, pero cada espacio en blanco resulta fastidiante y entonces se vuelve a caer en le vicio del color potente y los rayones. De nuevo el rojo esparcido por toda la hoja y empezar una nueva. Así varias veces hasta que de golpe tiro la birome al piso y dejo el cuaderno sólo y maltratado.
El otro día pude superar este vicio que suele atacarme entre diversos lapsus de inspiración y confeccioné una lista que pensé que podría serme útil:
- Ganas de vivir en saquitos _______________ 2 ó 3 cajas
- Voluntad lista para amasar _______________ mas o menos ½ kilo
- Amor propio instantáneo ________________ con 1 gramo es suficiente
- Almidón civilizante light_________________ 1 paquete (aunque dudo usarlo)
- Concentración para diluir ________________ 5 kilos
- Estabilizante emocional sin sabor __________ cantidad necesaria
- Felicidad con salvado ____________________ alguna tajada fina, si es que queda
- Paciencia finamente gasificada_____________ 2 litros
Supuse que estas cosas me iban a ser imprescindibles si es que realmente quería retomar la idea de mi Empresa de Pintar Submarinos Amarillos. La lista ya estaba hecha, sólo necesitaba un lugar en el cual proveerme de estos tipos de elixires. El problema era que yo no tenía la menor idea de dónde comprarlos y a la gente le parecían aún más absurdos que mi empresa. Nadie a quién consultar, de nuevo estaba sola con mi pintura amarilla. Estaba muy preocupada, tanto que pensé en contarle a alguien mi problema. Pero no tenía sentido, decirle a alguien sería entregarme, rendirme. Les daría lástima y me recomendarían a algún psiquiatra o alguien por el estilo que me inventaría depresiones, paranoias y alucinaciones y me recetaría todo tipo de pastillas para no sentir... porque de eso se trata, a ver si la gente que piensa en submarinos deja de estorbar un poco. Yo no quería dejar de sentir. Dejar de tener las experiencias más reales que existen, como si el “producto de la imaginación” como lo llaman despectivamente, no fuese algo real... Sedarme para adiestrarme y ser normal... ¡Dios santo, ser normal! Y se me vienen a la mente esas cosas que uno tantas veces escucha que los artistas manifiestan pero que pocas veces la “gente normal” puede sentir. Y la “gente normal” es la que da las indicaciones, pone orden y bla bla bla... qué ironía... Yo no quería (y no quiero ni voy a querer) abandonar mi soñada empresa, sabía que en las farmacias no encontraría lo que necesitaba.
Fui al supermercado, como se me había ocurrido en un primer momento. Nada de lo que buscaba. Muchos colores y carteles tentadores con precios grandes y chiquitos, algunos escritos sobre explosiones fluorescentes y llamativas, y otros serios y discretos. Me rodeaban miles de carritos cargados de estos productos que no sé si sirven realmente de algo en la vida, pero debo admitir que llevé algunos aunque sabía que no eran en absoluto lo que buscaba. Nada siquiera parecido a lo que había anotado en mi lista. Asique salí del super cargada con algunas bolsas pero un tanto desilusionada y caminé hasta casa tratando de pensar algún otro lugar dónde conseguir lo que tanto necesitaba. Y sigo sin encontrarlo, busqué en los árboles, incluso en un momento llegué pensar que un árbol podía ser el lugar perfecto dónde vendían este tipo de cosas, y que las debían fabricar las ardillas, pero también me desilusioné con eso. Porque todos los árboles que encontré tenían huecos en el medio y las ardillas no trabajan para los humanos. Pensé que el mundo llegaba a su fin, porque no podía encontrar por ninguna parte una despensa, almacén, o boutique donde se vendiera todo eso que mi interior tanto me reclamaba.
Finalmente llegué a la conclusión de que no existía en este mundo tal negocio, como tampoco existe ese espacio para instalar mi empresa. El lugar debía existir adentro mío, asique llamé por teléfono a mi cerebro y le pedí que me trajera esas cosas de la lista y que por favor no me cobrara el delivery porque ya había gastado mucha plata en la pintura amarilla y en esas cosas tan importantes (o al menos eso daban a entender las publicidades) que había comprado en el supermercado. En efecto, no tenía razones para cobrármelo, ya que estaba en mi interior y no debía hacer ningún tipo de viaje, sino sólo soltar eso que por ósmosis fabricaba y tenía almacenado y dejarlo fluir para que se esparciera por todo adentro mío y me diera las fuerzas suficientes como para continuar con mi empresa contra viento y marea. Y de paso, sumergirme en la marea con los ojos bien abiertos a ver si me cruzaba con algún submarino despintado.
Bueno, las cosas nunca son perfectas, asique el pedido vino bastante incompleto: algunas cosas faltaron y las otras vinieron en una menor cantidad. Tuve que redactarle una carta de queja a mi cerebro, pero por supuesto no me la contestó, y ni siquiera debe haberla leído, o quizá la leyó rápido y sin prestarle atención subestimando mis requerimientos. Es lo que siempre sucede cuando la autoridad es consiente de su poder y de la dependencia que el resto tiene con respecto de ella. Mientras mi burocrático cerebro trabajaba lento y defectuoso, yo gastaba mis pocas energías disculpándome con la gente por sus falencias tan notorias en el mundo exterior y tratando de suplir las funciones que él no podía o no quería hacer. De todo menos dedicarle tiempo a recuperar mi preciada empresa de pintura, aunque ni por un segundo dejaba de pensar un poquito en ella llorando sin parar.
Las lágrimas nunca terminan de agotarse, es increíble, creo que ya podría haber formado un océano si las juntaba, pero como sé que nadie necesita un océano para pasear con su submarino no las junté. Además no tenía tiempo para eso porque estaba muy ocupada tratando de pacificarme y amigarme con mi cerebro. Es bastante grave pelearse uno con su propio cerebro, te puede jugar unas cuantas malas pasadas, y la verdad es que se gasta mucha energía en el conflicto interno y las secuelas de la batalla se empiezan a notar en el exterior al poco tiempo a modo de comportamientos indebidos, frases inconexas y apariencia física desgastada. En un intento de conciliación obligatoria, mi cerebro me propuso volver a funcionar como antes si ya no le seguía insistiendo con nuevas formas de instalar la Empresa de Pintar Submarinos y me dijo que le pidiera a mi creatividad que se buscara otro negocio para ser feliz. Era puro chantaje, me enojé el triple y entonces dejé de tomar en cuenta esas porquerías hipócritas que me decía mi cerebro que no sé de dónde las había sacado, quién se las había dicho, pero lo seguro era que a mi no me servían ni un poquito.
Por eso es que decidí llevar una relación más distanciada con mi cerebro, porque no parece estar muy dispuesto a colaborar en la materia sueños. Mi cerebro seguro se llevaría muy bien con un empresario común, esos que buscan la oportunidad, la encuentran, la consiguen y la exprimen hasta que encuentran una mejor y así todo el tiempo, esos cerebros ágiles que se entienden muy bien con sus dueños. Pero yo no podría abandonar mi empresa y seguir siendo feliz, asique aunque sólo tenga existencia en mi interior fantástico, voy a seguir amándola y cuidándola y pensando en ella, creyendo que en algún momento va a lograr su éxito, y yo sé que así va a ser. Porque si a mí ya me hace un poquito bien pensar en ella a pesar de que nadie la conozca y no esté funcionando y me canse de cargar tantos litros de pintura a todas partes y el olor de la pintura sea muy fuerte y a veces me mareé. Entonces si aún con tanto esfuerzo que hago me alegra una pizca la vida, tengo por seguro que el día que funcione en su plenitud la tristeza va a ser una simple nubecita pasajera.
Pero como decía ya antes, la tristeza es inevitable y hay que seguir delante de alguna manera. Algunos días pinto bicicletas o monopatines de amarillo para que la pintura no se eche a perder y para seguir imaginando que ya va a volver algún submarino. Porque recuerdo alguna vez en que un submarino amarillo estuvo por acá porque necesitaba ser pintado de su mismo color, y aunque no supe muy bien por dónde empezar porque yo nunca había pintado un submarino, lo hice muy bien, y quedó muy lindo, porque ya había venido practicando con los rodados que se acercaban pensando que esta era como cualquier otra empresa de pintura. Mi único cliente marítimo se fue muy contento con la empresa, porque él tampoco conocía empresas que pintaran submarinos amarillos. Es evidente que en algún momento de la vida, la pintura de este submarino se va volver a estropear con los viajes y si tiene buena memoria se va a acordar de lo hermosa y eficiente que era esta empresa y va a querer volver a ser pintado acá. Porque además no hay otras que se dediquen a pintar submarinos específicamente de color amarillo y con tanto esmero como lo hago yo muy felizmente.
Me paso imaginando que vuelve, quizá algunas veces volvió y yo creí que lo estaba imaginando, aunque todos me digan que nunca existió y yo siempre me lo imaginé. Pero yo, mi pintura amarilla y ese bendito submarino sabemos la verdad de las cosas. Y bueno, así sigo pasando algunos días más, “perdiendo el tiempo” pensando en las formas de mejorar la empresa. Pero trato de no caer en el vicio de pintar a rayones las hojas de rojo sino de no olvidarme en absoluto de mi empresa, de tenerla siempre presente, como una parte de mí que ya es. Como estos últimos días en los que escribo y trato de explicar las razones de mi empresa para que la gente que luego lo lea piense que soy soñadora o inocente o loca y cosas así, o peor aún traten de relacionarlo con mi perfil psicológico y mis experiencias de vida. Pero no lo escribo para esa gente, sino porque sé que hay otros que quieren pintar submarinos de otros colores y se deben sentir parecido y yo les digo que tienen razón de estar tristes y que hay que darse tiempo para estar triste y para buscar la manera de repuntar las Empresas de Pintar Submarinos, porque son las mejores empresas y no hay que dejarlas pasar. Y si no existe tal gente entonces simplemente voy a poner estas hojas dentro de una botella y las voy a tirar al mar, porque mi submarino está en el mar y la botella le va a raspar la pintura cuando lo empuje una ola gigante y se va a acordar de la mejor Empresa de Pintar Submarinos Amarillos del mundo.
Con mi cerebro no nos estamos llevando bien, eso es cierto, además casi nunca me fabrica las cosas que le pido ni tampoco encontré un lugar donde se venda la paciencia pero igualmente, así como esté, yo me siento con mi pintura amarilla a esperar y hacer guardia. No la cambio por otro color, ni tampoco cambio de empresa, no pinto cuadros, ni autos, ni aviones, porque esta pintura amarilla sólo le queda bien a los submarinos, y hasta ahora creo que conocí a un sólo, el único submarino amarillo del mundo, quizá vuelva.